Se ha reiterado en los análisis de las últimas semanas: el gobierno de Peña Nieto duró tan solo dos años. Se ha vuelto lugar común decir que no superó su incompetencia ante la noche de Iguala y el reportaje de la casa blanca. Lo que siguió después no fue más que una concatenación semanal de errores y desatinos que no hicieron más que seguir cavando la tumba de una administración muerta. Durante cuatro años, muchos nos partimos la cabeza tratando de entender esa desconexión entre Los Pinos y el resto del país; esa sensación de norte perdido; cómo acciones y declaraciones sencillas que podrían contener su propia caída nunca llegaban. Las razones pueden ser muchas y muy complejas, aquí me voy a detener en una elucubración que parecería superflua pero que tal vez nos permite comprender cómo en su último día, este gobierno puede hacer algo tan estúpido como dar la máxima condecoración mexicana a un funcionario de la administración Trump.

