Por QFB Manuel Canseco.
Junio es el Mes del Orgullo LGBT+, una fecha que nos invita a celebrar la diversidad, la libertad y los avances alcanzados en materia de derechos humanos. Sin embargo, también representa una oportunidad para reflexionar sobre los desafíos que aún enfrentamos, no solo como sociedad, sino dentro de nuestra propia comunidad.
Como profesional de la salud, considero que el bienestar va mucho más allá de la ausencia de enfermedad. La salud incluye aspectos físicos, mentales, emocionales y sociales. Por ello, hablar de orgullo también implica hablar de autocuidado, respeto mutuo y construcción de entornos saludables.
Con frecuencia exigimos inclusión, respeto y aceptación del exterior, demandas legítimas y necesarias. Sin embargo, también es importante analizar ciertas conductas que persisten dentro de la comunidad LGBT+ y que pueden afectar nuestra salud emocional y colectiva.
La primera de ellas es la tendencia a juzgar la expresión de identidad de otras personas. La libertad no debería estar condicionada a ser «discreto» o ajustarse a expectativas ajenas. Cuando criticamos a quienes viven su identidad de manera abierta, reproducimos los mismos mecanismos de exclusión que históricamente hemos denunciado.
Otro aspecto preocupante es la estigmatización de la vida sexual. La salud sexual requiere información, prevención y responsabilidad, pero nunca debe confundirse con la descalificación moral. El llamado «slut-shaming» genera culpa, ansiedad y aislamiento, factores que impactan negativamente la salud mental.
También debemos reconocer que el uso de expresiones despectivas hacia la feminidad continúa presente en algunos espacios. Utilizar características femeninas como insulto perpetúa estereotipos machistas que afectan tanto a personas LGBT+ como a toda la sociedad.
Las plataformas digitales y aplicaciones de citas representan otro reto. La discriminación por edad, apariencia física, origen étnico o condición económica no desaparece por formar parte de una minoría. Cuando reproducimos estos patrones de exclusión, debilitamos el sentido de comunidad y reforzamos prejuicios que afectan la autoestima y el bienestar emocional de quienes los reciben.
Finalmente, es necesario hablar de la importancia de la solidaridad. Una comunidad fuerte se construye mediante el apoyo mutuo, la empatía y el respeto. Los conflictos internos, la descalificación constante y la competencia destructiva terminan erosionando los espacios seguros que tanto esfuerzo ha costado crear.
Durante este Mes del Orgullo, además de celebrar, recomiendo fortalecer hábitos de salud integral: realizar chequeos médicos preventivos, mantener esquemas de vacunación actualizados, practicar sexo seguro, atender la salud mental, buscar apoyo profesional cuando sea necesario y fomentar relaciones basadas en el respeto y la comunicación.
La verdadera fortaleza de cualquier comunidad no radica únicamente en la defensa de sus derechos frente al exterior, sino también en su capacidad para construir espacios internos donde prevalezcan la dignidad, la inclusión y el cuidado mutuo.
El orgullo no es solo una celebración de quiénes somos; también es una responsabilidad compartida para construir una comunidad más saludable, empática y unida.

