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Volver, volver, volver a San Quintín

Publicada el 22 junio, 202622 junio, 2026 por Andrés Salcido

Por Manuel Cárdenas

El pasado 19 de junio, la presidenta Claudia Sheinbaum volvió a San Quintín. Y en política, aunque debería ser normal, eso todavía importa: volver.

Volver al lugar donde se hizo una promesa. Volver a mirar de frente a la gente. Volver no solo para tomarse la foto, sino para revisar si lo que se anunció realmente empezó a caminar.

Seis meses antes había prometido regresar a supervisar personalmente los avances del Plan de Justicia para los Trabajadores Agrícolas. Y ahí estuvo, en el valle, entre el polvo, el sol y la memoria de una región que durante demasiado tiempo produjo riqueza para otros mientras su propia gente vivía con carencias básicas.

San Quintín no es cualquier punto en el mapa. Es una de esas regiones que explican muchas de las contradicciones del país. Desde los años setenta, miles de jornaleras y jornaleros mixtecos, tlapanecos y de otros pueblos originarios llegaron desde Oaxaca, Guerrero, Veracruz y Michoacán para trabajar la tierra. Su esfuerzo sostuvo una industria agroexportadora enorme, moderna hacia afuera, pero profundamente desigual hacia adentro.

Durante décadas, el campo produjo. Los camiones salieron cargados. Las empresas crecieron. Las frutas y hortalizas llegaron a mercados nacionales e internacionales. Pero muchas familias jornaleras siguieron esperando lo básico, salud cercana, vivienda digna, escuelas suficientes, agua, servicios y derechos laborales reales.

Por eso el Plan de Justicia para los Trabajadores Agrícolas no debe leerse como un simple programa de gobierno. Es algo más profundo. Es el Estado reconociendo una deuda. No como caridad, no como favor, no como dádiva electoral, sino como reparación histórica frente a comunidades que trabajaron mucho y recibieron poco.

Y en San Quintín ya hay avances concretos, el hospital municipal será convertido en Hospital General con Especialidades. Estamos hablando de 80 camas, tomógrafo, mastógrafo, 14 especialidades y atención gratuita sin importar derechohabiencia. Para una región que durante años tuvo que resolver emergencias médicas con servicios limitados o trasladándose largas distancias, esto no es un detalle menor. Es la diferencia entre tener salud en el discurso y tener salud cerca de casa.

También una des las promesas que hoy vino a supervisar nuestra Presidenta, es el Centro de Atención Integral para Trabajadoras y Trabajadores Agrícolas en San Quintín, mismo que ya está en funciones. Eso es importante porque el campo no solo necesita infraestructura; necesita justicia laboral. Necesita que el trabajo deje de estar escondido en la informalidad, que las personas sepan dónde acudir, que haya Estado cuando se vulneran derechos, y que el jornalero no esté solo frente a la necesidad.

A eso se suma la entrega de 36 mil tarjetas del Bienestar para mejoramiento de vivienda, iniciando con las primeras 4 mil familias. Puede parecer un número dentro de un informe, pero detrás de cada tarjeta hay una casa que puede levantar un cuarto, reparar un techo, mejorar un piso, cerrar una pared o hacer más digno el lugar donde una familia descansa después de trabajar todo el día.

Ahora bien, hay algo que a mí me parece especialmente relevante de esta visita.

No fue un evento sin conflicto. Hubo protestas. Estuvieron presentes integrantes de la CNTE y colectivos de búsqueda. Es decir, también estuvieron ahí las inconformidades, los reclamos, las heridas abiertas del país. Y eso, lejos de arruinar la jornada, mostró algo importante.

El gobierno no cercó la realidad. No escondió el descontento. No convirtió la protesta en enemiga. La dejó estar. La escuchó. Siguió con la agenda y sostuvo el compromiso de regresar nuevamente en seis meses para verificar resultados.

Eso dice mucho.

Porque un gobierno inseguro le teme a la protesta. La esconde, la reprime o la trata como estorbo. Pero un gobierno con respaldo popular entiende que la legitimidad no se construye fingiendo que no hay problemas, sino aceptando que el reclamo y la obra pueden convivir en el mismo espacio público.

En San Quintín se vio eso: un gobierno que llega con programas, pero también con la obligación de escuchar. Un gobierno que no cancela la crítica, pero tampoco abandona la tarea de transformar.

La gobernadora Marina del Pilar Ávila lo dijo con claridad: este plan busca saldar una deuda histórica con los jornaleros de la región. Y esa frase no debe pasar desapercibida, porque San Quintín ha sido durante años símbolo de una injusticia muy mexicana: territorios que producen riqueza, pero donde la riqueza no se queda; manos que alimentan al país, pero que muchas veces no tienen garantizado lo mínimo.

Por eso también importa la frase retomada por la presidenta de López Obrador: “instrucción dada, no supervisada, no sirve para nada”.

En otros tiempos, las instrucciones se quedaban en discursos, boletines o giras de campaña. Hoy, por lo menos en este caso, hay una lógica distinta: regresar, revisar, medir, corregir y cumplir. Esa debe ser la vara con la que se mida cualquier gobierno que se diga transformador.

San Quintín importa porque pone a prueba una idea central de la Cuarta Transformación: que “primero los pobres” no puede quedarse como eslogan. Tiene que convertirse en hospital, vivienda, empleo, agua, electrificación, educación y presencia del Estado.

Por supuesto, falta mucho. Ninguna deuda de décadas se paga en seis meses. Ningún abandono histórico se resuelve con una sola gira presidencial. Sería ingenuo decir que todo está solucionado. Pero también sería injusto no reconocer cuando el Estado regresa a donde antes llegaba tarde, llegaba poco o simplemente no llegaba.

Volver a San Quintín, entonces, no fue solo una visita. Fue un mensaje político y social: las promesas hechas en territorio deben cumplirse en territorio.

Y para una región que durante años vio pasar gobiernos, discursos y campañas, que la presidenta regrese en persona a supervisar avances no es un gesto menor.

Es la señal de que la justicia social no se decreta desde un escritorio: se construye regresando, escuchando, presupuestando y cumpliendo.

San Quintín no necesitaba otro discurso bonito. Necesitaba que el Estado volviera.

Y esta vez volvió.

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